El reciente encuentro entre Claudia Sheinbaum, presidenta de México, y Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional de Estados Unidos, dejó una postal cuidadosamente coreografiada: saludos en inglés, sonrisas cordiales, elogios al “marco de respeto a las soberanías” y un Palacio Nacional que deslumbró a la comitiva estadounidense con su arquitectura. Pero detrás del “wow” diplomático se tejen tensiones más espinosas.
Este fue el primer contacto oficial entre la administración Sheinbaum y un miembro del gabinete del presidente Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca. La breve visita de Noem a México marcó el cierre de su gira latinoamericana por El Salvador, Colombia y México, con un enfoque centrado en tres ejes: seguridad, migración y narcotráfico. No se trató de una reunión de cortesía ni de una charla casual sobre cooperación: fue, más bien, una rendición de cuentas en clave geopolítica.
El elogio condicionado
Ambas partes coincidieron en algo: la reunión fue “provechosa”. Noem la calificó como un paso “positivo”, particularmente por el despliegue de la Guardia Nacional mexicana en la frontera norte y la aceptación de vuelos de deportación. Sin embargo, no tardó en matizar sus elogios con una advertencia: “Todavía hay mucho trabajo por hacer para detener el flujo de drogas y migrantes ilegales”. Su mensaje fue claro: lo hecho por México es útil, pero insuficiente.
En contraste, Sheinbaum optó por una narrativa más institucional. En sus redes sociales y declaraciones públicas, enfatizó la “buena relación” entre ambos países y el respeto mutuo como base de la colaboración. No abordó directamente los reclamos implícitos de su contraparte, pero sí dejó entrever la importancia de mantener una interlocución constante que evite escalar tensiones.
El elefante arancelario en la sala
Aunque la agenda oficial no incluyó temas comerciales, el telón de fondo de la reunión fue ineludible: los aranceles del 25% que Trump anunció para el sector automotriz mexicano. Estos gravámenes, con entrada en vigor programada para el 2 de abril, han generado un ambiente de urgencia en las oficinas de la Cancillería y el Palacio Nacional. La respuesta de México ha sido operar con pragmatismo: reforzar el control fronterizo, extraditar capos del narcotráfico y multiplicar el decomiso de drogas —especialmente fentanilo— como moneda de negociación.
En los últimos meses, el gobierno mexicano ha extraditado a figuras clave como Rafael Caro Quintero y los hermanos Treviño Morales, líderes de Los Zetas, lo que fue interpretado como una señal de buena voluntad hacia Washington. Además, México ha decomisado cerca de 24 toneladas de droga, incluidos aproximadamente 130 kilos de fentanilo. ¿Suficiente? Para Noem, no.
La seguridad: punto de encuentro y fricción
La retórica compartida del “trabajo conjunto” y la “responsabilidad compartida” esconde visiones distintas sobre cómo abordar los desafíos. Mientras México insiste en que la cooperación debe darse “sin subordinación”, Estados Unidos recalca la urgencia de resultados visibles y cuantificables. El flujo de migrantes y drogas no ha cedido al ritmo deseado por la administración Trump, que no ha dudado en elevar el tono, incluyendo la designación de cárteles como organizaciones terroristas.
La estrategia de Sheinbaum parece buscar una delgada línea entre la firmeza y la flexibilidad. A diferencia de sus predecesores, ha evitado confrontaciones abiertas con Trump. En lugar de eso, ha optado por fortalecer los canales diplomáticos, presentar cifras operativas y mantener la narrativa del respeto mutuo. Esta fórmula, aunque políticamente estable en el corto plazo, implica riesgos: podría generar la percepción en Washington de que México actúa bajo presión y no por convicción soberana.
¿Quién pone las reglas del juego?
Más allá de la sobriedad diplomática, el encuentro evidencia una realidad persistente: el desequilibrio estructural en la relación México-Estados Unidos. Mientras Trump impone aranceles y amenaza con sanciones, México responde con cooperación reforzada, sin que ello garantice un cambio en el tono o la política del vecino del norte. La visita de Noem, con su lenguaje medido pero exigente, lo deja claro.
Curiosamente, mientras Noem hablaba de que su gira busca devolver la “seguridad” a Centroamérica y Estados Unidos, olvidó mencionar que México —al que estaba visitando— es parte de Norteamérica. Un desliz geográfico que no es trivial, porque revela la visión con la que Washington suele mirar al sur: como una zona de contención, no necesariamente como un socio en pie de igualdad.
El protocolo como narrativa
La escenografía también fue parte del mensaje. La llegada de Noem al Palacio Nacional, su recepción con protocolos impecables, la belleza del lugar como objeto de asombro y el trato deferente por parte del canciller mexicano —que incluso le retiró y luego acercó la silla a Sheinbaum— sirvieron para enviar una imagen de diplomacia eficaz y de liderazgo sobrio. Pero el simbolismo no siempre compensa las asimetrías reales.
La reunión, por ejemplo, no produjo ningún acuerdo nuevo ni un anuncio de política bilateral. Fue, más bien, una actualización de compromisos previos y una oportunidad para que ambas partes marcaran su posición. Estados Unidos reafirmó que sigue presionando por más control. México reiteró que está haciendo su parte, sin perder de vista su soberanía.
El equilibrio de Sheinbaum: ¿sostenible?
La estrategia de Sheinbaum ha sido recibida con aprobación moderada en México. Su intento por equilibrar cooperación con firmeza ha evitado fricciones abiertas, lo cual resulta políticamente útil en medio de un entorno económico incierto. Pero esa misma estrategia dependerá del humor —y los intereses electorales— de Trump, quien ha demostrado que la diplomacia tradicional le importa menos que el rédito político inmediato.
Así, mientras la secretaria Noem regresa a Washington con una lista de pendientes y un tono de expectativa contenida, México continúa en su ejercicio constante de equilibrismo: entre el respeto a su soberanía y la necesidad de mantener abiertas las puertas del comercio y la estabilidad bilateral.
En política exterior, no siempre basta con que una reunión sea “provechosa”. A veces, lo que no se dice —o lo que se omite entre líneas— es tan importante como los comunicados oficiales.