Injustificable/ Bajo presión - LJA Aguascalientes
03/04/2025

 No se puede justificar la necedad del presidente por colgar la investidura en un perchero imaginario cuando así le conviene, no se puede dejar de observar el tono violento con que Andrés Manuel López Obrador degrada la institución presidencial al insultar y descalificar a sus adversarios, no se debe dejar de señalar el daño que le hace a la conversación pública cuando en la furibunda defensa de su hijo prefiere generar un enredo diplomático a manera de distracción antes que ordenar una investigación para resolver que no hay conflicto de interés porque José Ramón López Beltrán vivió en la casa de un contratista de Pemex.

Andrés Manuel López Obrador es el presidente legítimo de México, eso no se lo pueden quitar ni sus más alocados adversarios, lo único que puede socavar la legitimidad ganada en las urnas es el ejercicio del poder, las acciones diarias durante el tiempo de su administración, y eso es lo que está haciendo cuando decide rebajar su conferencia matutina con sus reclamos a los periodistas y al reducir la historia a una visión maniquea propia de alguien ardido.

Herido y ardido, descontrolado, el presidente olvida que existen múltiples maneras de dignificarse ante el infundio, que la peor respuesta a una agresión es la violencia; todos sabemos que es un ser humano, que al frente del Poder Ejecutivo Federal está solamente un hombre, pero el cargo lo obliga a comportarse con mesura, no sólo porque es un ejemplo a seguir, sino porque en todo momento habla en nombre del gobierno que encabeza.

Vale la cita completa: “A mí me gustaría que hasta nos tardáramos en que se normalizara para hacer una pausa, que yo creo que nos va a convenir a los mexicanos y a los españoles, desde luego al pueblo de México y al pueblo de España, hacer una pausa en las relaciones, porque era un contubernio arriba, una promiscuidad económica-política en la cúpula de los gobiernos de México y de España, pero como tres sexenios seguidos, y México llevaba la peor parte, lo saqueaban. Entonces, vale más darnos un tiempo, una pausa. A lo mejor ya cuando cambie el gobierno ya se restablecen las relaciones y yo desearía, ya cuando no esté yo aquí, que no fuesen igual como eran antes”, cuando se le preguntó qué quería decir con una pausa, López Obrador explicó que “la pausa es: vamos a darnos tiempo para respetarnos y que no nos vean como tierra de conquista. O sea, sí queremos tener buenas relaciones con todos los gobiernos, con todos los pueblos del mundo, pero no queremos que nos roben. Así como los españoles no quieren que lleguen de ningún país —y hacen bien— a robarles, pues tampoco queremos nosotros. Entonces, vamos a esperar, porque era mucho”.

Consciente de la idiotez de su expresión, cuando se le cuestionó si pediría formalmente esa “pausa”, el presidente señaló que sabía que eso no se puede hacer, pero no porque en términos diplomáticos no exista la “pausa” solicitada, sino porque iba a ser criticado por ser un aldeano, un ignorante. Cansado, López Obrador intentó escudarse justificando: “¿Ya no puedo hacer ningún comentario, entonces? Ya, es una plática aquí, una conversación, o sea, para que la gente tenga todos los elementos”. Lamentable bramido del animal acorralado en el afán de cuidar a su hijo.

Quizá el aldeano que se considera puede y está en todo su derecho de hacer cualquier comentario a la ligera, olvida López Obrador que siendo el presidente de la República tiene otras obligaciones, como hacer respetar la investidura.

Coda. Cuando el niño grita que va desnudo, una vez que todo el pueblo señala que no lleva traje alguno, el emperador se detiene, le inquieta que el pueblo tenga razón, pero seguro de que a él no lo engañaba nadie, ordenó seguir con la procesión hasta el final, así, con mayor arrogancia que antes, el emperador siguió desfilando y sus chambelanes sosteniendo la inexistente cola.

 

@aldan



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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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