El golpe en Bolivia / Yerbamala - LJA Aguascalientes
03/04/2025

Sin duda alguna Evo Morales, líder cocalero Aymara y presidente del Estado Plurinacional de Bolivia desde 2003, habría terminado su tercer mandato en enero de 2020 con gran popularidad y con la posibilidad real de ganar las elecciones del 2024. Sus éxitos exceden con mucho a sus fracasos. Pero tal vez cometió un grave error, pues sin necesidad, dada la fidelidad que le profesa por ejemplo, su vicepresidente e ideólogo Álvaro García Linera, “forzó” su reelección para un cuarto mandato, puesto que ya antes, había desconocido el referéndum del 2016 que en su día dijo “no” a su reelección. 

Luego, su gobierno se proclamó ganador de las recientes elecciones a pesar de que al parecer hubo irregularidades y “caídas” del sistema de cómputo electoral al “estilo” Bartlett. El gobierno minimizó la indignación generada por un supuesto fraude no del todo esclarecido, vista la parcialidad de la OEA, a quien ya Fidel Castro llamara “Ministerio de Colonias” del imperio. En un principio, Evo Morales dijo que eran protestas de pequeños grupos de jóvenes engañados con dinero. Pero lejos de decaer, los bloqueos y paros se fueron radicalizando.

Ante el crecimiento del descontento, en parte producto del desgaste natural del ejercicio del poder y en parte inducido por los poderes fácticos externos e internos que codician los recursos naturales de Bolivia trató de mostrar la movilización post electoral como un golpe de estado de la derecha patriarcal, blanca, fascista y racista. Y efectivamente, todos los sectores de la derecha reaccionaria se han involucrado en las protestas y en el golpe. En la ciudad de Santa Cruz, el dirigente del “Comité Cívico”, Luis Fernando Camacho, viene de una organización de ultraderecha, la Unión Juvenil Cruceñista. Sin embargo, en las otras ciudades ha habido diferentes articulaciones de sectores independientes y políticos de derecha e izquierda que han dirigido la protesta. Por su parte Carlos Mesa, quien fue vicepresidente del gobierno neoliberal de Gonzalo Sánchez de Lozada y se convirtió en el principal contendiente electoral de Evo Morales, no tiene un partido estructurado y fue más un vehículo de la oposición en las urnas, antes que el artífice organizador de las protestas. Y siendo Bolivia un estado plurinacional, es necesario dejar en claro que tanto en el lado del gobierno como de la oposición, había indígenas y trabajadores. Evo tiene más apoyo en las áreas rurales, pero en el sector de la oposición están también productores rurales, campesinos, trabajadores mineros, trabajadores en salud y educación y sobre todo jóvenes de clase media y de extracción popular. Se dice desde Bolivia, que contrario a lo que ocurrió en anteriores conflictos, fue el gobierno el que exacerbó el racismo diciendo que se buscaba desconocer el voto de los indígenas del campo. Pero tal parece que durante el conflicto se han producido evidentes actitudes racistas. La quema de la wiphala, la bandera de los indígenas aymara y quechua, es absolutamente deplorable y habla por sí misma del clima político boliviano. 

Es cierto que la policía (y no el ejército) se amotinó. El motín se fue extendiendo a la mayoría de las guarniciones y destacamentos. Pero en principio, el alto mando militar era partidario de Evo Morales, pues durante su gobierno obtuvieron jubilaciones al 100% de su salario, así como otros beneficios. Sin embargo, el cálculo político de la cúpula militar fue que salir a las calles representaba un alto riesgo, pues podrían ser posteriormente enjuiciados y encarcelados como ocurrió por la masacre de octubre del 2003. En ese contexto, los militares decidieron no enfrentar las protestas antigubernamentales y, después de conocerse el informe de la OEA, le “sugirieron” a Evo Morales que renunciará. Ahí está el Golpe de Estado que muchos politólogos no ven. Ahora, la situación es de extrema tensión, violencia y vandalismo. Varios domicilios particulares de miembros del gobierno y la oposición han sido saqueados y quemados. Antenas y canales de televisión fueron atacados. La noche del 10 de noviembre grupos vandálicos atacaron vecindarios. En diferentes ciudades, la población se está organizando para defenderse de estos ataques y saqueos.

Evo Morales renunció sólo verbalmente. Lo lógico sería que el vació de gobierno se resuelva por vía institucional a través de la Asamblea Legislativa. Sin embargo, esta salida no es fácil porque el MAS (Movimiento al Socialismo, el partido de Evo), tiene más de dos tercios en el parlamento y debe aceptar la renuncia de Evo Morales, así como elegir a un presidente transitorio que convoque a nuevas elecciones a la brevedad posible. Pero si los parlamentarios del MAS no allanan la salida institucional, el vacío de gobierno generará más situaciones de violencia vandálica y una situación en extremo peligrosa no sólo para Bolivia, sino para toda la región. Hay que decir finalmente, que Bolivia tiene más golpes de estado en su historia (más de 300) que años de vida independiente. Éste es uno más, cuando se creía ya superada la inestabilidad política casi permanente.

P.S. Honrando su mejor tradición de asilo y refugio, y después de una peripecia de película que retrata muy bien el talante reaccionario de varios gobiernos sudamericanos, el avión de la Fuerza Aérea Mexicana enviado por ya sabes quien, a rescatar a Evo, lo trajo de vuelta sano y salvo. La decidida intervención de Alberto Fernández, presidente electo de Argentina, evitó que se impidiera la salida de Evo y el secuestro del avión mexicano en Bolivia. México ha dado asilo a muchos perseguidos políticos en el pasado. Evo Morales es un caso más, que mucho honra a nuestro país. Lula respira tranquilo en Brasil fuera ya de la cárcel (víctima de un caso de Lawfare de manual, igual que Cristina Kirchner) y vuelve a la vida pública. Mientras, en Chile, Piñera no logra atajar o al menos calmar las masivas protestas, aun a pesar de prometer una nueva asamblea constituyente para Chile. El país cuyo desigual modelo económico se intentaba vender como ejemplo a seguir, sufre ya una inestabilidad política, económica y social de pronóstico reservado, de manera que la renuncia del presidente parece cosa de días.


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