En defensa de los que no disfrutan Juego de Tronos/ Bocadillo - LJA Aguascalientes
04/04/2025

¿Cómo la columna sobre cultura pop no iba hablar de Juego de Tronos? Porque el que escribe nunca ha visto la serie, no entiende la premisa inicial y más bien no quiere ver todas esas capas que dicen que tiene como un drama que va de la geopolítica a las emociones humanas.

No me gusta la fantasía, suelo decir. Entonces nunca viste el Señor de los Anillos. Negativo, y me dormí en las tres del Hobbit, que funciona como una experiencia emocionante en el cine (o tu sala) pero no le podríamos decir película, exclusivamente en las escenas de acción. Entonces te choca Harry Potter. Para nada, pero lo veo como mi gusto por historias adolescentes en las que vivo las aventuras que nunca tuve.

Es así como Tronos llega a tener dos fines de semana en dominio de la conversación para las patatas de sillón, previo a la llegada de Avengers. Y aunque no consumo dicha serie, me gusta cuando México (o el México que lee sopitas.com) se une alrededor de un solo evento cultural de manera periódica. Tengo la teoría de que a la banda normi le llegó el gusto por la cultura de las series hasta Breaking Bad, que en México pasó desapercibida por FX y AXN (donde salía, ugh, traducida) pero que la piratería (Cuevana, principalmente) y el inicio de Netflix ayudaron a levantar atención rumbo a la última temporada. No hay que quitar del renglón que en esos días Netflix no tenía originales (si ignoramos a Lilyhammer, que era exclusiva comprada) y su repertorio se nutría de películas medianas, dramas adultos y muchas series de hombres complicados como Mad Men (otro legado de Netflix en México), The Shield, Suits y Breaking Bad.

No detecto que algún otro fenómeno haya unido así a la audiencia nacional, hasta que se superó con el tema de Luis Miguel, que la vivimos como los gringos. Había cultura de charla de pasillo, cientos de blogposts con recaps, anotaciones y listas obsesivas de cualquier referencia popular. Con anterioridad, en Bocadillo enumeramos porque Luismi era la tormenta perfecta: apelaba a la nostalgia de su audiencia meta o la curiosidad por cómo vivían sus papás, es eminentemente mexicana al estar plantada en la vida de la estrella pop más grande que ha tenido este país, y salió en una primavera-verano donde no había más conversación cultural, estando hambrientos ante el tufo nocivo de las elecciones presidenciales. Mientras Bad era cosa, principalmente de vatos, con Luismi el tema de ser un obsesivo de las series [dramáticas, porque en fandom ya había experiencia] se abría de manera democrática. Tanto como puede serlo el tener televisión con acceso a Netflix, una computadora y al menos un círculo social donde se pudiera acceder a un password para el streaming.

A Juego de Tronos en su temporada final le está llegando su momento. Mi sesgado Facebook y la burbuja de mi Twitter estuvieron llenas de personas contentas el domingo pasado. Un yo más puñeto les hubiera dicho villamelones de la cultura pop. Hoy, pienso que es bueno que la gente sea feliz, aunque sea con el producto más obvio de estos años. Para ponerlo en perspectiva, sólo mi amistad más cercana se emocionó del regreso de Gilmore Girls, en todo mi círculo social, y sólo conozco dos personas que siguieron el final de Mad Men.

Mientras que Tronos no tiene el bagaje de identidad mexicana que hubo en Luis Miguel, supongo que la enorme calidad por la que los gringos se emocionan realmente pudo trascender las fronteras y llegarle al corazón a las audiencias de nuestro país. Cosa rara, porque las otras series que mencioné nunca pudieron pasar del nicho de obsesivos que leemos Vulture y buscabamos el recap a las 2 am. Para que tomen nota los creadores que no pudieron meter a Corazón Contento, Diablo Guardián y Tijuana en la conversación nacional.

 

paco@bocadillo.mx | @masterq

 



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Francisco Trejo Corona

Coordinador en LJA.MX y Tercera Vía // @gonodropio en Twitter

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