Estar este día aquí me es muy grato por dos motivos: porque nos reunimos a conversar sobre un par de libros extraordinarios publicados en Aguascalientes este año; y, por otro, estar en casa -en la Universidad Autónoma de Aguascalientes- hablando sobre libros frente a un público joven de universitarios es la escena perfecta de lo que es y debería ser siempre la vida académica. Estar rodeado de libros es casi como estar en el paraíso de los laicos, pues los libros -como solía afirmar Borges- son extensiones de la imaginación y la memoria. Pequeñas y fugaces memorias de Edilberto Aldán, me gustaría decir, también es una extensión del pensamiento. Y como no puedo negar -aunque quisiera- mis manías, prejuicios y formación, el libro de Edilberto es una buena invitación al pensamiento reflexivo. Al menos esa ha sido mi lectura, una que he disfrutado como niño y también como filósofo, que quizá son dos formas de referirse a lo mismo. Así que gracias a Edilberto, y honrado me siento también de compartir esta mesa con Sofía e Irlanda.
Este año llegó a mis manos -con cierta fortuna que agradezco- Pequeñas y fugaces memorias de Edilberto Aldán. Debo decir que lo leí en una sentada. No sólo porque conozca y aprecie a Edilberto, sino porque es un libro que es difícil de dejarlo a medias una vez que lo has iniciado. Esto no sólo se logra por su enorme destreza narrativa, por el gran respeto que profesa al lenguaje, sino porque, como el filósofo maniaco y obsesivo que soy, encontré en él innumerables paradojas: los dulces que engolosinan a los niños-filósofos. Edilberto no es sólo un extraordinario narrador, aunque quizá no le guste aceptarlo, también es un tanto filósofo en la práctica. El gusto y placer que muestra en su libro por ofrecernos paradojas, por incitarnos a pensar, a sorprendernos, a derribar lugares comunes, a cambiar de perspectiva, a renovar la mirada… no pueden ocultarlo. Edilberto es un sutil narrador, un periodista comprometido, pero también hay algo de filósofo dentro de él que lo empuja a los entretenidos y apasionantes terrenos de la paradoja.
Los matemáticos afirman que los números primos son los átomos de las matemáticas, porque todos los números pueden analizarse como producto de números primos. De manera análogo -piensa Roy Sorensen- las paradojas son los átomos de la filosofía, puesto que constituyen los puntos de partida básicos de la especulación sistemática. Las paradojas “son preguntas (pseudopreguntas en algunos casos) que nos dejan suspendidos entre demasiadas buenas respuestas (…). Las paradojas más profundas son extrovertidas, naturalmente buenas para presentarse ellas mismas. Estos desafíos a las creencias universales y forzosas se iluminan a sí mismos; nos estimulan a efectuar disquisiciones y a formular hipótesis que afectan la cuestión de cómo deberíamos reaccionar ante las paradojas. ¿Se equivoca alguna vez el sentido común? ¿Son las paradojas síntoma de la fragilidad de la razón humana? ¿Señalan verdades inefables?” (Breve historia de la paradoja, pp. 13-15).
Pequeñas y fugaces memorias es, entre muchas otras cosas -quizá cosas mucho más importantes de las que yo pueda decirles-, una hermosa colección de paradojas presentadas en forma de narraciones breves. Esas paradojas pueden formularse como preguntas: ¿acaso el sutil y majestuoso diseño del mundo natural implica a un diseñador artesanal y dedicado?, ¿acaso los seres humanos somos el pálido reflejo de una inteligencia superior y distraída?, ¿lo milagroso perdería su cualidad definitoria al presentarse abiertamente?, ¿la belleza pura, sin mediación, sería tolerable?, ¿acaso la felicidad no es definida por su cualidad efímera?, ¿acaso no son nuestros intereses, y no la verdad, lo que determina nuestras creencias?
Casi cada una de las narraciones de Pequeñas y fugaces memorias nos enfrenta a preguntas como éstas. Pero no lo hace así, no lo hace con la torpeza que a veces lo hacemos los filósofos. Nos explicita lo que debe quedar implícito, no dice lo que se comunica mejor mostrándolo. Las breves narraciones que lo componen no buscan el argumento, ese instrumento abstracto y aburrido con el que trabaja la filosofía. “Normalmente los argumentos que apoyan una solución de una paradoja parecen convincentes al considerarlos de forma aislada. La cuestión se mantiene viva gracias al juego del estira y afloja que se da entre contendientes con posibilidades similares” (Breve historia de la paradoja, p. 14). Entonces, ¿acaso no la filosofía asesina el potencial intrigante, asombroso y cautivante de las paradojas? Claro que lo hace. Los argumentos filosóficos no están diseñados para explotar las paradojas, sino para darles respuesta. No se me confunda, no trato de atacar a mis venerables colegas de profesión. Los filósofos diseñan argumentos pues buscan guiar nuestras creencias: decirnos cuál opción frente a las paradojas posee mejores razones de su lado. Y esta labor es importante. Sin embargo, al diseccionarlas, también matan su poder magnético. Al argumentar frente a una paradoja, los filósofos se comportan como los compañeros impertinentes que matan la gracia de un chiste explicándolo, o destiñen una metáfora convirtiéndola en una tediosa analogía.
Edilberto no lo hace. Y debemos agradecérselo. No asesina las paradojas diseccionándolas o argumentando: las explota con maestría narrativa. Con ello logra mucho más. Mostrar comunica mucho más que decir en ciertas ocasiones. Cada narración de Pequeñas y fugaces memorias es un cúmulo de insinuaciones. El lector queda cautivado a cada paso y el asombro y la intriga guía su lectura hasta el final.
Como epistemólogo -esa rama especialmente tediosa de la filosofía que se pregunta acerca del conocimiento y la creencia justificada-, no quiero despedirme sin leerles una de las pequeñas joyas narrativas que contiene el libro de Edilberto Aldán. Justamente, se titula “Conocimiento”:
Desciende vertiginoso. A esa altura no distingue los rostros de quienes lo miran desde allá abajo, los imagina horrorizados. A esa velocidad sabe que es inútil abrir los brazos para interrumpir la caída, lo hace por placer. Sabe que sólo durante la vigilia el cuerpo se somete a las leyes de la física, por eso cierra los ojos, en espera de que el sueño lo alcance antes de tocar el suelo.
No se preocupen, no pienso ser el compañero entrometido que les arruine el goce de la paradoja. Ni de ésta ni de ninguna otra del libro. Sólo espero que se dejen llevar por las narraciones de Edilberto y se sorprendan solos. Que la intriga los acompañe durante su lectura. Y que gocen el libro: porque esa es la razón de ser de los buenos libros como Pequeñas y fugaces memorias.