XIII
El efecto de Fujiwhara o interacción de Fujiwhara, llamado así en honor al meteorólogo japonés Sakuhei Fujiwhara, quien en 1921 describió el comportamiento motor de dos vórtices ciclónicos sobre el agua, es un tipo de interacción entre dos vórtices ciclónicos, que produce que orbiten uno en torno al otro.
El fenómeno es más fácilmente perceptible cuando dos ciclones tropicales se desarrollan en un mismo momento y comienzan a interactuar. Si la intensidad de ambos fuera equivalente, los dos ciclones empezarán a orbitar en torno a un punto entre ellos. En el caso contrario, si hubiere diferencias de intensidad, el vórtice mayor será el sistema dominante sobre el vórtice menor, obligando a este último a que orbite en torno a él.
Finalmente, en general, el vórtice menor será absorbido por el mayor.
XIV.
La edad en la que los hombres verdaderos se quitan la vida
Daniel Espartaco Sánchez
“Nos adelantamos valientes a ser soldados rasos”, le contesté. Ahora leído a la distancia podría haber sido el segundo verso de un poema que nunca íbamos a escribir. El primero sería el suyo. Si algún día lo escribíamos habría que llamarlo “Amor 2.0”, como el título de un mal libro de superación personal para parejas.
Con novio, la rutina fue apoderándose de nuestras vidas. El director de cine vivía en la capital adonde había ido, como buen provinciano, a probar fortuna. Parecía irle bien. Me alegraba por ambos. Hacían buena pareja: estatura media los dos, pinta de inteligentes, stylish. Yo tendría que conformarme con los lunes y los miércoles -los jueves los guardaba para su amenazante amiga- y, con suerte, con algún fin de semana que él no regresara a la ciudad. Nunca supe qué hacía los martes. Tal vez yoga pero nunca le pregunté.
Incluso los sitios a los que íbamos se habían convertido en rutinarios. Si ella, siempre decidía ella, necesitaba vino blanco acudíamos a uno de nuestros primeros lugares. Si queríamos que nadie nos viera, elegíamos uno de los lugares favoritos de su ahora novio. Una de aquellas noches ella llevaba una antología publicada por la UNAM. Dijo que quería leerme un poema. Acabaron siendo dos. “Como yo te he querido, por supuesto, / te habrán querido otros. Y otros tantos / en el futuro habrá que igual te quieran”. No espero a preguntarme que me parecía.
–Todo el mundo debería, antes de proponer una relación a otro, leer este fragmento. -Continuó. –Me encanta ese “por supuesto”.
Buscó la otra página que tenía preparada. Yo no sabía qué esperar. Leyó. “Me gustaría invitarte una noche (y aún lo espero) / a charlar, para que te vieran, y a tomar una copa juntos”. Se explicó.
–¿Te das cuenta de que esos dos poemas nos resumen? -No era una conversación, era un monólogo. –Sabemos -usaba la segunda persona del plural como si fuéramos algo. –Sabemos que lo que pasó o lo que pueda pasar no es más que un intervalo. -Pensé en Santa Teresa de Jesús. –A veces pienso que en realidad sólo me quieres para salir y que te vean conmigo. -Me abstuve de contestarle que yo pensaba lo mismo. –Esto es imposible. Lo sabíamos desde el principio. -Seguía sin entender cuando decía yo, cuando tú, cuando nosotros. Concluyó. –Sabemos que lo nuestro no va a funcionar.
–No hay nada nuestro. -Interrumpí.
–No hay nada nuestro porque no podría funcionar. -Pareció desesperarse de mi falta de entendimiento a sus trabalenguas. –Te lo acabo de decir.
Fue una de las pocas veces que me rebelé.
–No hay nada nuestro porque tú tienes novio.
–Tengo novio porque tú me dijiste que le dijera que sí.
Hasta nuestras conversaciones se estaban convirtiendo en algo rutinario. Ella rompió el silencio que sigue a la imposibilidad de encontrar un argumento con una frase incuestionable.
–Por Dios, -era la primera vez que le escuchaba nombrar al altísimo. –Tú tienes más de cuarenta y yo tengo veintisiete. -Pensé, no sé por qué, en bisontes. –Eres de la edad de mis padres. –Lo dijo tan segura y convencida que parecía que no era la primera vez que lo pensaba. Regresamos al silencio, a nuestras botellas, a nuestros cigarrillos. Prendí el suyo y se lo pasé.
–Hagamos una cosa. Intentemos pasar una noche sin hablar. –No sabía qué respuesta esperar.
–Vamos. -Pidió la cuenta que yo iba a pagar con el gesto habitual. –Bebamos. Droguémonos. Bailemos. Sin hablar. –Añadió una frase más. Inesperada. –¿Te gustaron los poemas que elegí para nosotros? -Asentí con la cabeza mientras nos levantábamos tras dejar el dinero sobre una bandeja que decía “Keep calm and enjoy life”. Al fin estábamos de acuerdo en algo.
Pasamos todo el final de la tarde y el principio de la noche vagando. De un bar a otro. De una bebida a otra con un par de paradas ocasionales para comprar tabaco. Fumamos como nunca habíamos fumado. De un par de lugares nos corrieron por contravenir las normas sanitarias que impiden fumar. También nos saltamos lo de no beber por la calle. Usamos el truco que habíamos prendido de una amiga. Comprar cerveza en el Oxxo y ocultarla en un vaso de café. Uno de los mejores modos de no ser detenido por la calle aunque se esté bebiendo. Nuestra conversación, aunque habíamos dicho que no tendríamos, se limitaba a animarnos.
–¿Seguimos? -Preguntaba cualquiera de los dos.
–Yo aún puedo. -Contestaba el otro. –¿Tú?
–Seguimos.
Acabamos en el último bar que se cerraba de la noche. Acabamos porque nos obligaron a acabar. Eran las cuatro de la mañana y las luces prendidas y los malos modos de los meseros que ya sólo querían descansar mandaron a todo el mundo a la calle, una calle en la que los noctámbulos irredentas, la mayoría conocidos al menos de vista preguntaban por el sitio a seguirla. Yo me encontré, de repente, sin ella. Las puertas estaban cerradas. Parecía que ya no quedaba nadie dentro. Me pregunté si habría huido o si alguien la habría invitado a una conversación más interesante que la que habíamos tenido aquella noche. Me di diez minutos para empezar a preocuparme mientras negaba a los que se acercaban a preguntarme si podíamos terminar la fiesta en mi departamento. Cuando terminaron los diez minutos no supe si largarme a mi casa a dormir o buscarla. Llamé a su teléfono. No me dejó preguntar. Habló ella. “Ahora salgo”.
Al poco tiempo se abrieron las puertas del tugurio con los últimos despachados. Estaba más saltarina que de costumbre.
–¿Sabes? -Yo no podía saber nada si a duras penas me acordaba de cómo me llamaba. –A una chava se le perdió el arete en el baño, le ayudé a encontrarlo y como agradecimiento me dieron un pase. Vámonos a casa.
En el taxi de vuelta me explicó su plan.
–Llegamos a casa, despertamos a mi hermana -parecía haberse olvidado de que nos había prohibido hablar, –y vamos a ver dónde desayunamos.
Llegamos y abrió la puerta al tercer intento. Subimos las escaleras sin preocuparnos de todo el ruido que hacíamos. Saltamos sobre la cama sin importarnos las protestas de la despertada. Me abstuve de decir que se veía hermosa en su pijama infantil. Ordenó.
–Vístete. Nos vamos en cinco minutos.
La esperamos en el coche. Obediente, la hermana llego en el tiempo indicado. Le cedí mi lugar en el asiento del copiloto. Por educación y para poder recostarme en el asiento trasero. Arrancó sin decir una sola palabra.
–¿Dónde vamos? -Pregunté. Esta vez sí llevaba dinero y la tarjeta en caso de que nuestro destino estuviera lejos.
–Al cerro. Nunca he ido al cerro de madrugada.
La omnipresente voz de mi padre volvió a sonar en el coche. “Una mujer borracha siempre debe estar en posición horizontal”. Nunca le pregunté qué quería decir con eso. Me aseguré de sus capacidades.
–¿Estás segura de que puedes manejar?
Por toda respuesta prendió la música y canturreó. La hermana miraba alternativamente a la conductora y a mí en el asiento de atrás. Ella miraba adelante. Yo le devolví la mirada intentando decir “ya veremos en qué acaba esto”. Con las calles vacías el único sonido era lo que sonaba y su voz ronca de los excesos de la noche haciendo la segunda voz. “Dulce magnetismo: dos cargas opuestas buscando lo mismo”. Como todas las buenas canciones funcionaba para cualquier situación. Para cualquier persona.
Era la cuarta vez que sonaba la misma canción. O se había estropeado el reproductor o lo había programado en repetición. Se explicó.
–Deberían darle el premio Nobel de Literatura a Drexler aunque sólo hubiera compuesto esta canción.
–Jamás le van a dar el Nobel a un cantante. Si se lo dan a alguien será a Cohen. Leonard Cohen. -Yo estaba harto no de la canción que sonaba sino de tantas repeticiones. –¿Lo conoces?
–Dance to the end of love. Te pediría que me bailaras hasta el fin del amor. Pero tú no bailas. Hoy me di cuenta.
La hermana interrumpió la conversación.
–¿Podrían tener una conversación en la que yo pueda participar?
Contesté por los dos.
–Te queremos.
Ella seguía con los ojos fijos en la carretera. Debió darse cuenta de que acababa de besar a su hermana en la boca, en parte por esa inconsciencia moral que da el demasiado alcohol, en parte, y sobre todo, para afirmar mi última frase. Frenó en seco.
–¿Están locos? -Concretó la pregunta. –¿Estás loca?
Su hermana contraargumentó.
–No es tu novio. -Y contraatacó. –Además, ¿quién eres para decirme lo que tengo que hacer o no?
–Soy tu hermana mayor.
–Estás borracha y drogada. -Ambas habían ido levantando la voz cada vez más. –Estoy harta de que me digas qué tengo o no tengo que hacer.
–Tú también me tienes harta. -Era la primera vez que le escuchaba usar un lenguaje vulgar. –Por mí te puedes ir a la chingada.
La respuesta llegó en un tono de voz mucho más bajo, mucho más dulce, del que habían mantenido hasta entonces. Sonó cariñoso. Irónico.
–Esta vez sí te voy a obedecer. -Abrió la puerta del coche haciéndose eco de las palabras de su hermana. –A la chingada.
Los dos la miramos caminar hacia la ciudad de la que nos habíamos alejado como unos siete kilómetros. Ella estaba boquiabierta. Incrédula. Aunque acababa de mandarla un poco más lejos aún, no podía creer la obediencia de ella. Intenté distraerla.
–Te has dado cuenta de que a esta hora de la mañana -había empezado una frase que no sabía cómo terminar. Busqué algo, lo que fuera, dentro de mi cabeza para completar la frase. Lo encontré y recé para que no lo reconociera. Me repetí y continué. –A esta hora de la mañana las colinas parecen elefantes blancos.
–Es verdad. Qué bonito. -Lo repitió. –Elefantes blancos.
También era blanco el carro que se detuvo junto a su hermana. No podíamos ver si el conductor que abrió la puerta del copiloto era un hombre o una mujer cuando abrió la puerta del lado del copiloto.
Gritó. Me gritó.
–Cabrón, se la van a llevar. Se la van a llevar. Haz algo.