Indignados all’Argentina: un movimiento ontológico contra héroes solitarios / Juan Russo en LJA - LJA Aguascalientes
15/11/2024

La tercera protesta de masas contra el gobierno de Cristina Kirchner fue una contestación de ontología social y una demanda de garantía democrática. Consistió en decirle al gobierno: la realidad es otra, y esta presencia en las calles es democracia. Detrás del ruido de las cacerolas y de la esperable heterogeneidad de un movimiento ciudadano, emergió un núcleo común. El rechazo a la manipulación es el tejido que da sentido e identidad a ese movimiento político. De ahí el mensaje que percibieron los partidos y líderes para no asistir, o no ser visibles. El movimiento no denota ausencias de liderazgos alternativos, denota más bien una fuerte presencia ciudadana dispuesta a contestar una visión monolítica de la realidad. Frente al intento del gobierno de institucionalizar dos mundos: el propio, que representaría al pueblo y el de los otros (grupos concentrados mezquinos más una población alienada), este movimiento político, como stato nascente, según la clásica expresión de Alberoni, mostró que no había hechizo gubernamental, y que los actores tienen vida propia y exceden en complejidad el esquematismo demasiado cómodo de una visión hegemónica. El movimiento evidenció que la sociedad no requiere de tutores que informen sobre cómo es el mundo y qué es lo mejor para todos. De ahí deriva una  consigna frecuente y de fondo en la protesta: el rechazo a la mentira política.

 

La legitimidad de la mentira

La cuestión de la legitimidad de la mentira tiene larga data en la política. El consejo al Príncipe de mentir para preservarse, convirtió a Maquiavelo en un autor maldito, defensor de la concepción de que el fin justifica los medios. Más allá de lo justo que la historia (y la vida misma) pudo ser con el escritor florentino, la cuestión de si puede o no legitimarse la mentira (es decir la relación entre ética y política), ha atravesado la historia. En general, el pensamiento hegemónico (conservador o revolucionario) autoriza la mentira del gobernante para fines superiores. En la concepción hegemónica, la pluralidad de ideas es resultado de alienación social. El mundo político se divide en nítidas verdades e intereses mezquinos. El pueblo está alienado y las condiciones de explotación no le permiten actuar y pensar según su interés. Por ello, se requiere de una élite iluminada, que en contacto privilegiado con la Realidad, cambiará desde el gobierno la sociedad y romperá el hechizo de “formidables aparatos culturales que dan a los argentinos una idea distorsionada sobre su país” (discurso presidencial del 9/11/2012).  Es la élite iluminada la que explicará cómo es, cómo funciona y qué debe hacerse en este mundo. Pero además es la élite la que discernirá qué aspectos de nuestras creencias son reales y cuáles producto de la alienación.  En toda visión hegemónica  se siente la presencia, a veces más densa, a veces más tenue del monstruo de Orwell: la hiperpolítica, dos más dos puede ser tres, cuatro o uno. Ello depende de la política. El príncipe encarna los valores de la nación y del estado y debe ser preservado, aun cambiando las leyes de las matemáticas. Las cifras del Indec pueden ser falseadas hasta el cansancio, el corralito al dólar es una cuestión semántica y de interpretación: se dictamina que no hay cepo cambiario, los déficit del sistema energético son parte de una conspiración de los enemigos, e incluso la historia argentina, tiene su parteaguas en el 2003. Ni los estadísticos, ni los economistas, ni los historiadores tiene importancia, se trata de una designación de los hechos por parte de la élite.

Ahí aparece el segundo ingrediente de la acción hegemónica, la infalibilidad del Príncipe. No hay errores, no hay autocrítica, no hay acción del gobierno que cambiar.  Más bien se se trata de cambiar las percepción distorsionada de los ciudadanos. Esta concepción hegemónica del gobierno con estilo setentista, encuentra su contrapartida en la visión democrática del poder. En el pensamiento democrático un principio innegociable es que cada ciudadano sabe qué desea y cuáles son sus intereses. No hay verdad revelada por iniciados, y la política se construye con aproximaciones y reparaciones, como un cangrejo. Escasa información y urgencia en decidir, hacen de la decisión del gobernante democrático una tarea con mucho estrés e incertidumbre. Ningun político sabe a ciencia cierta cómo impactarán sus decisiones sobre el conjunto. La imagen de un Maquiavelo asesorando al príncipe sobre qué hacer es simplemente una ilusión. En democracia, la sabiduría sigue pautas socráticas, basadas en el reconocimiento del gobernante sobre sus propias limitaciones. En la tradición democrática la mentira al ciudadano no es legítima. Por el contrario, informar sobre lo que ocurre en el gobierno y en la administración, es una obligación del gobernante, y es un derecho de todo ciudadano ser informado. Informar excede las interpretaciones de intelectuales orgánicos de un gobierno setentista. Informar remite simplemente al criterio de verdad de los ciudadanos que cotejan hechos que viven con afirmaciones. La democracia rechaza el principio del poder hegemónico de que “el fin justifica los medios”, porque entonces (como diría Bobbio): ¿qué justifica el fin?

Las condiciones de la oposición

El movimiento del 8N fue una contestación a una visión hegemónica y paternalista que cree justificarse por la defensa de los intereses de la nación y del estado. Pero emerge en esa autodefensa del gobierno, el incumplimiento de un rol crucial de un gobierno. Un gobernante en democracia tiene obligaciones no sólo respecto del estado, y de orientar políticas públicas benignas, debe también fortalecer el orden democrático. En esta última dimensión radica un profundo déficit del gobierno. La presidente Cristina Fernández afirmó el día después a la protesta, que no podía hacerse cargo de la inexistencia de dirigencias alternativas. Ese juicio no es sólo una opinión sobre la realidad, es también una descalificación de opciones. La admisión plena de las oposiciones, y por ende de la tolerancia política, ha sido un problema eterno en la historia argentina, y claramente tiene un correlato con las acciones del gobierno. Un presidente en un orden democrático, debe ser es el primer defensor y el mayor legitimante de las opciones políticas alternativas.

¿Qué oposición había en 1984 en Argentina? El partido peronista había sido derrotado y su candidato Italo Luder, era un mero reflejo del poder sindical. Los líderes eran actores imposibles: La presidente del partido era la viuda del caudillo, María Estela Martínez de Perón.  No obstante ello, el presidente Alfonsín  convocó en junio de 2004 a firmar un Acta de coincidencias. De modo frecuente rescataba en ese tiempo de apoyo popular, los valores del peronismo y señalaba sus méritos para el país. No puede pensarse tal acción sólo como generosidad política. Obedece a la misión de un presidente democrático, habitual por cierto en muchos países, de reconocer y potenciar la legitimidad de los adversarios. En la década de gobiernos Kirchner, no hay un solo hecho que apunte a reconocer y legitimar  a la oposición. Por el contrario, se reivindica una gestión de presidentes heroicos y patriotas. En la reciente elección de Estados Unidos, el presidente Obama, no obstante la enconada competencia con su adversario republicano, reconoció en su discurso de triunfo, méritos morales y políticos a su adversario. No fue sólo un discurso de unidad, fue un discurso a favor del pluralismo y de la democracia.

El movimiento de indignados que salió a las calles el 8N mostró que la opinión de lo que ocurre en el mundo, pertenece a cada ciudadano, acorde con la prescindencia de un liderazgo unipersonal que lo representara y diera voz. También inició de modo contundente el declive de la concepción setentista (siempre latente desde el inicio de la democracia) centrada en la patria y el pueblo, y no en la ciudadanía informada, autónoma y crítica. Con su presencia en las calles, en su ágora de cacerolas y de batalla ontológica, el movimiento ciudadano evidenció la desconfianza en el gobierno como garante de buena democracia.


* Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Florencia, actualmente Profesor Visitante en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina


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