Por: Luciano Ramírez Hurtado
La escisión revolucionaria se empezó a gestar al menos desde cuatro meses antes de la renuncia del general Victoriano Huerta a la Presidencia de la República, es decir, previamente al triunfo definitivo de las distintas facciones contra el enemigo común; esta ruptura se debió a razones de tipo ideológico y político, así como de índole personal, de parte de los dos protagonistas principales que encabezaban las partes en desacuerdo: Venustiano Carranza, Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, y el general Francisco Villa, a cargo de la victoriosa División del Norte.
En parte, el origen del conflicto data desde abril de 1914, a raíz de las declaraciones en materia de política exterior que hizo Villa a finales de ese mismo mes y principios de mayo con motivo de la ocupación de Veracruz por la marina norteamericana y que le mereció una amonestación de parte de Carranza por tratar asuntos de la exclusiva competencia de la primera jefatura. Enseguida vino una orden, a principios de mayo, para que el Centauro del Norte suspendiese el fusilamiento del general Manuel Chao, al que acusaba de traición, siendo éste el gobernador de Chihuahua y al mismo tiempo su subalterno en la División del Norte, provocando el disgusto y el resentimiento hacia el Varón de Cuatro Ciénegas. A continuación vino la insubordinación de Villa y de los generales de la División del Norte contra Carranza, cuando a mediados de junio hicieron caso omiso de la orden que dictó éste para no brindar ayuda al general Pánfilo Natera para la toma de Zacatecas en favor de la revolución. A final de cuentas Villa y su ejército en pleno, apoyan con toda su fuerza y toman la ciudad. La batalla de Zacatecas, del 24 de junio, dio la puntilla al régimen del general Victoriano Huerta y su caída era cuestión de días.
Es decir, desde antes del triunfo ya había una seria amenaza de división entre los revolucionarios y la prensa huertista había propalado las disensiones.
Las conferencias de Torreón, a principios de julio, fueron un intento de avenimiento para tratar de evitar la ruptura definitiva de la unidad revolucionaria; estuvieron presentes representantes de la División del Norte y de la División del Noreste y los principales acuerdos fueron: la División del Norte reconoce a Venustiano Carranza como Primer Jefe y reafirma su adhesión; el general Francisco Villa regresa al frente de la División del Norte, pues días antes había renunciado a su cargo; se habla de la necesidad de convocar a una Convención, con el fin de fijar fecha de elecciones, acordar y poner en práctica un programa de gobierno y se acuerda que los delegados a la Convención serían nombrados en juntas militares, a razón de uno por cada mil hombres de tropa.
Victoriano Huerta renunció a la Presidencia el 15 de julio y dejó como presidente provisional a Francisco Carbajal, quien trataría de retardar el avance de las fuerzas constitucionalistas sobre la capital, buscar la manera de propiciar el rompimiento, dividir la Revolución y que estallara la lucha entre las facciones; Carbajal buscaba la intercesión de los gobiernos de Estados Unidos, Argentina, Brasil y Chile, pero Carranza no lo permitió, exigiendo la rendición incondicional.
Lo cierto es que el camino de los constitucionalistas estaba franco hacia la Ciudad de México y Carranza se encargó de cerrarle el paso a Villa, propiciando que las tropas del general Álvaro Obregón, al mando de la División del Noroeste, llegasen primero. Los Tratados de Teoloyucan, celebrados entre el 11 y el 13 de agosto, sellaron el triunfo de la Revolución sobre la dictadura huertista; se acordó la rendición incondicional y la disolución del ejército federal; el gobernador del Distrito Federal, Eduardo Iturbide, ofreció a Carranza y Obregón contener a los zapatistas que merodeaban por el sur en las goteras de la capital, en el entendido que las fuerzas constitucionalistas relevarían en sus puestos a las disueltas fuerzas federales, lo cual fue interpretado por los sureños como un acto de hostilidad hacia su movimiento.
El constitucionalismo intentó un tibio acercamiento con el Ejército Libertador del Sur, para pulsar si cabía la posibilidad de que reconocieran la autoridad del Primer Jefe. Se entrevistaron en la capital morelense, el 27 de agosto, representantes de Zapata (Manuel Palafox, Otilio Montaño, etc.) y Carranza (Antonio I. Villarreal, Luis Cabrera y Juan Sarabia), pero fueron recibidos con animosidad y desconfianza, pues exigían la absoluta adhesión del constitucionalismo al Plan de Ayala (centrado en el problema agrario y campesino, pero que no toma en cuenta al proletariado industrial del resto del país), que Carranza tuviera en su gobierno a un zapatista y que les fuese entregado el pueblo de Xochimilco, desde el cual se abastecía de agua la capital de la República; obviamente el Primer Jefe no aceptó ninguna de las condiciones. Las pláticas de Cuernavaca significan un fracaso de unidad entre el movimiento zapatista y el constitucionalista, lo cual se vería reflejado dos meses después en la Convención de Aguascalientes.
Hubo nuevos esfuerzos conciliadores, cuando a principios y mediados de septiembre el general Obregón fue a Chihuahua a entrevistarse con Villa para persuadirlo de evitar el rompimiento y tratar de arreglar el problema de Sonora (el gobernador José María Maytorena tenía un pleito con el general Benjamín Hill y el coronel Plutarco Elías Calles). En su primer viaje el divisionario sonorense es tratado con cordialidad por el Centauro del Norte, pero en el segundo casi lo mandó fusilar, en uno de sus típicos ataques de cólera. Finalmente pactaron cambio de gobernador en Sonora -acordaron quedaría Juan G. Cabral-, que Carranza no contendiera en las futuras elecciones y que la División del Norte acudiría a la Ciudad de México para asistir a la Convención. En un nuevo arrebato a finales de ese mes, Villa expide un manifiesto en el que anuncia el rompimiento con Carranza, acusándolo de tiránico y manipulador, y anunció que no asistirían a la Convención convocada por la Primera Jefatura.
Fue entonces cuando se conformó la Comisión Permanente de Pacificación, encabezada por el general Lucio Blanco, Rafael Buelna, Eduardo Hay, David G. Berlanga y 45 jefes más. Se abocaron a hacer gestiones para evitar el cisma revolucionario y sumar esfuerzos para lograr una solución pacífica al problema, tras la sublevación de Villa, procurando un acercamiento entre Venustiano Carranza y a los generales villistas para tratar de evitar la confrontación. Telegramas fueron y vinieron, hubo reuniones y finalmente representantes de la comisión pacificadora conferenciaron en la ciudad de Zacatecas con un grupo de jefes villistas que tampoco deseaban la guerra; acordaron reunirse en la ciudad de Aguascalientes el 10 de octubre de 1914.
Bibliografía consultada
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Luciano Ramírez Hurtado, Imágenes del olvido, 1914-1994. Discurso visual, manipulación y conmemoraciones de la Convención Revolucionaria de Aguascalientes, Aguascalientes, Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2010, pp. 35-57.